La escena podría ocurrir cualquier noche en Fuerteventura. Un perro comienza a encontrarse mal de madrugada. Jadea, tiembla, vomita y apenas puede mantenerse en pie. Su dueña, nerviosa, coge el teléfono y empieza una carrera contrarreloj buscando ayuda veterinaria en la isla.
Llama a una clínica. Cerrada. Prueba con otra. Sin respuesta. Busca en internet un veterinario de guardia. Nada claro. Algunos teléfonos derivan a contestadores automáticos, otros directamente no responden. La angustia crece mientras las horas pasan y el animal sigue empeorando.
No se trata de un caso concreto, sino de un ejemplo muy parecido a situaciones que muchos propietarios de mascotas aseguran haber vivido en Fuerteventura durante los últimos años. Una realidad que vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la falta de servicios veterinarios de urgencia en la isla y las contradicciones que algunos ciudadanos ven en torno a la aplicación de la Ley de Bienestar Animal en España.
La normativa estatal endureció las obligaciones para los propietarios de animales domésticos, reforzando aspectos relacionados con el cuidado, la protección y la atención veterinaria. Sin embargo, muchos vecinos consideran que la realidad en territorios alejados de grandes ciudades es muy distinta a la que plantea la ley sobre el papel.
En Fuerteventura, asociaciones protectoras, voluntarios y propietarios de mascotas llevan tiempo denunciando las dificultades para acceder a atención veterinaria urgente durante la noche, fines de semana o festivos. En algunos casos, los dueños deben recorrer varios municipios buscando asistencia o incluso plantearse trasladarse fuera de la isla ante determinadas emergencias.
“Te exigen responsabilidades, pero cuando tienes una urgencia a las tres de la mañana te encuentras completamente solo”, lamentan algunos propietarios de animales en conversaciones habituales en redes sociales y grupos vecinales.
El problema no solo afecta a perros y gatos domésticos. También repercute en asociaciones protectoras saturadas, en animales abandonados que requieren atención inmediata y en familias que viven momentos de auténtica impotencia cuando una mascota enferma fuera del horario habitual de clínicas.
Veterinarios consultados reconocen además las dificultades que existen actualmente para cubrir guardias continuas en territorios insulares, especialmente por la falta de profesionales, los costes laborales y la presión que soporta el sector.
Mientras tanto, en una isla donde cada vez más familias conviven con animales, muchos vecinos reclaman un debate serio sobre la necesidad de reforzar los servicios veterinarios de urgencia y garantizar una atención mínima real las 24 horas.
Porque para quien vive una situación así de madrugada, cada minuto cuenta. Y cuando el teléfono no responde, la sensación de impotencia pesa tanto como el silencio.


